Por: Francisco García Caminaba por una de las avenidas más transitadas de la ciudad, pasaba por fuera de una tienda departamental, muy grande, muy concurrida, un lugar donde mucha gente acude, por las incómodas dificultades de pago que ahí ofrecen. Fuera del local alguien me pedía, otro me daba y el último protegía que no le quitaran, por supuesto yo no di, ni recibí, ni quité. Ellos estaban en filita, uno tras otro, no los separaban ni dos pasos de distancia entre sí, pero detrás del pedir, el dar y el cuidar estaba lo mismo, el dinero. El primero era un señor, como todo mendigo lucía algo sucio, no era muy grande, ni se le notaba a la vista alguna deficiencia física, parecía que podía estar desempeñando un trabajo para ganar el dinero que deseaba, pero prefería estirar la mano y poner cara de tristeza esperando obtener algunas monedas. En seguida, sólo un paso delante, había una señorita (o bueno, una mujer joven pa’ no entrar en detalles) quien me daba un volante con i...